terça-feira, 3 de janeiro de 2017

WALTER BENJAMIN Y LA DECONSTRUCCION




Jorge Panesi

En Sobre Walter Benjamin. Vanguardias, historia, estética y literatura. Una visión latinoamericana. Edición a cargo de Gabriela Massuh y Silvia Fehrmann, Alianza Editorial / Goethe-Institut Buenos Aires, Buenos Aires, 1993. pp. 57-68. Edición digital de Derrida en Castellano.

Ciertos trabajos de crítica académica (tales como el mío) presentan un aspecto vulnerable que se advierte en la dudosa solidez de una conjunción copulativa: por ejemplo, la “y” del título en “Benjamín y la deconstrucción”. Si repasáramos un índice de trabajos universitarios sobre Benjamín, podríamos comprobar el abuso retórico y hasta el compromiso casi imposible entre la obra de Benjamín y cualquier otro tópico de la filosofía, la literatura, la historia, la antropología, la lingüística, el derecho... ocurre, sin embargo, que esta usura repetitiva y hasta burocrática también supone un presupuesto básico subyacente en un tipo de crítica que Walter Benjamín ayudó a construir. El presupuesto que rige, de algún modo, el discurso crítico es una autoasignación: la crítica se asigna o se anexa un territorio endeble, volátil y movedizo, en cierta medida una linea marginal o un margen de los discursos, -como les agrada decir a los críticos deconstructivos-. La conjunción “y” efectúa un pasaje, una travesía, una traslación, una caminata entre los discursos sólidamente constituidos. La crítica vive siempre en ese estado de pasaje. Y quién sino Benjamín nos ha dado la certeza de esta autopercepción con su temática de los pasajes. La inestabilidad del propio territorio es la condición esencial de la crítica. una inestabilidad epistemológica, prácticamente un tembladeral que tiende a expandirse a través del tránsito obsesivo que ostenta la conjunción “y” de nuestros títulos. La crítica pretende expandirse usando a otras disciplinas que no comparten esta precipitación que custodian rigurosamente las fronteras propias y las ajenas, que impiden con todo su desdén metodológico las analogías repentinas, las iluminaciones instantáneas, los encuentros retóricos que abrazan objetos disparess mediante una escritura celosa de su propio poder.

Dos concepciones del lenguaje están en pugna y también dividen contemporáneamente a los mismos críticos hacia el interior de su campo: una, que busca la pertinencia y el fundamento diferencial y objetivo de su estudio y, en el otro extremo, cierto tipo de crítica más cercana a la lengua de su objeto, que tendría del lenguaje una visión mística, la misma que se le achaca a los trabajos de Benjamín “Sobre el lenguaje en General y sobre el lenguaje de los hombres o la tarea de traductor”, y la misma que se le reprocha a la deconstrucción. Pero, en todo caso, jamás podrá decirse ni de Benjamín ni de Derrida que posean concepciones vacilantes del lenguaje; por el contrario, son visiones fuertes y excluyentes.

En su movimiento de expansión, la crítica literaria posee el mismo carácter destructivo que estudió Benjamín en un artículo publicado 1929 Y habría que recordar aquí también el valor que la filosofía deconstructiva otorga al concepto heideggeriano de “destrucción”. El crítico está animado, la más de las veces, por un deseo de arrasar con los suelos cultivados. Dice Benjamín en “El carácter destructivo”: [el carácter destructivo] sólo conoce una consigna: hacer sitio; sólo una actividad: despejar. su necesidad de aire fresco y espacio libre es más fuerte que todo odio”.[i] Sin odio, puesto que finalmente el destructor es una faceta del partido de los tradicionalistas, aquella parte de la tradición que despeja la memoria y que interactúa, con su contrafigura menos tradicional: el coleccionista. El crítico literario participa de manera bifronte en un movimiento que es el de toda la cultura, entendida como un proceso selectivo de memoria social: destruye y conserva. Potencialmente, la crítica literaria es el sitio móvil de los pasajes, una galería que funciona como transición, como una cuña que desestabiliza la inercia de las reglas: si la crítica literaria tiene modelos, hay que buscarlos en el periodismo, la actualidad y la moda, vale decir, los momentos sociales de surgimiento del sentido, en el pasaje hacia lo otro, cuando todo aquello que aparece se somete a la doble ley de la conservación y la destrucción.

El respeto y la teorización de este movimiento dual que actúa en consonancia con la cultura (que es la cultura misma) está en la base de la deconstrucción, esa filosofía sospechosa de convivir con el establishment o la conservación, y que siempre ha desconfiado de los movimientos ingenuos que pretenden hacer tabla rasa con la metafísica. Estamos encerrados en la metafísica dice Derrida, y no hay lenguaje que no eche sus raíces en ese suelo, pero semejante fatum no debe entenderse como pasividad, resignación o complacencia, sino como un impulso a la acción deconstructiva que es una acción de.vigilancia sobre el lenguaje. O lo que es lo mismo, la consideración teórica de aquellas acciones que podemos emprender con el lenguaje o que el lenguaje emprende junto a nosotros. La filosofía es una disciplina académica y su acción es primariamente una acción sobre el conocimiento que la universidad propaga en la cultura moderna mediante su propio encierro. La cultura moderna y su acción viven de las paradojas del enclaustramiento. La deconstrucción sabe de este limite, de esa barrera y de los peligros del autotelismo, la autorreflexividad y el necesario momento de la vuelta sobre sí de las instituciones. La autorreflexión es un peligro y también una potencia.

En este punto debemos reconocer en Derrida, o en sus seguidores, una fascinación por los marginales y lo marginal, por las víctimas y por las víctimas de las totalidades sistemáticas (llámense universidades, dialéctica hegeliana, o sistemas filosófico-políticos). Una simpatía que Derrida comparte con el pensamiento de Foucault y que debe haber actuado como trasfondo en este encuentro con Benjamin, un personaje rotundamente excéntrico e inasimilable para el saber universitario de su época. La universidad alemana y la cultura que ésta pone en movimiento tiende al sistema, tiene vocación sistemática. El papel contradictorio de la universidad alemana frente a la política de Estado y a la cultura, ha sido estudiado por Derrida que tomó como punto de partida un texto de Kant, El conflicto de las facultades.[ii] Retengamos una frase de Derrida que aparece en este ensayo: “De alguna manera, Kant no habla más que del lenguaje en El conflicto de las facultades”. Y esta otra: “La institución no es tan sólo muros y estructuras exteriores que rodean, protegen, garantizan o constriñen la libertad de nuestro trabalo, sino que es también la estructura de nuestra interpretación”.[iii] Pero cuando los críticos deconstructivos se refieran a Benjamin (incluyendo a Derrida) tomarán como eje casi exclusivo su teoría del lenguaje.

Habría que indicar una vía abierta por Benjamín en los estudios sobre el romanticismo, y que dos filósofos cercanos a Derrida retoman: se trata de L’absolu littéraire[iv] de Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy. Este libro está montado sobre el trabajo académico de Benjamin El concepto de crítica de arte en el romanticismo alemán[v]. Está claro en este libro “deconstructivo” el papel que tuvo Benjamín en la reconsideración de los lazos que el romanticismo establece fundacionalmente entre teoría, filosofía, literatura y crítica literaria en un sentido moderno. Una pieza del juego está constituida, también, por la institucionalización de la crítica literaria en las universidades alemana que Lacoue-Labarthe y Nancy subrayan. Lo que interesa es nuevamente la delimitación de los géneros o los tipos de discurso y el reparto de los saberes, tras lo cual la teoría del lenguaje marca todos los derroteros, y en especial el lenguaje que debe hablar la crítica respecto de objeto. Para los románticos, la crítica es parte del lenguaje de la obra, es una producción del sentido que la completa. Como subraya novedosamente Benjamin en su libro, esta defensa de la crítica supone una retirada del culto ilimitado por el sujeto creador, y paralelamente una concepción del sentido que prescinde del sujeto como foco originario de la significación (el sentido como expresión de la subjetividad).

Y ha sido también Benjamin quien subrayó en su libro sobre romanticismo alemán la dimensión gnoseológica y teórica de la crítica romántica; reveló así una teoría del lenguaje tras ella. Por ejemplo: “El pensamiento de Schlegel es un pensamiento absolutamente conceptual, esto es, lingüístico”. La crítica se revela central en el pensamiento de los románticos tal como la presenta Benjamín: “No era un termino que indicaba una acción meramente evaluadora”, sino “objetivame productivo”. Un tipo de crítica cuyo significado es positivo, no mero enjuiciamimento o negatividad.

En estos intereses que coinciden con los de Benjamin, surge una dimensión polémica en la filosofía deconstructiva que tiene que ver con la separación de los géneros y los discursos, en especial los de filosofía y la literatura. La deconstrucción, en teoría, postula una acción institucional que es una política académica: en lugar de la fijación de límites discursivos (la división del trabajo en las disciplinas universitarias) tiende a la mezcla de los géneros, a la borradura de sus límites la “textuahdad general” no es el encierro en el texto sino todo lo contrarío, o tal vez, la marca de ese encierro institucional: la acción de la cultura es vista mediante la generalización de un mecanismo típico de escribas o de filólogos, es un proceso general de lectura. O un proceso que entreteje la escritura y la lectura indiscerniblemente en la generalidad de la inscripción. En la apertura de la huella (o aquello que llaman différence) puede verse la apetencia y el deseo de escapar al ahogo de una cultura académica que fija los campos, las especialidades, las pertenencias y las propiedades. Los aliados deberán encontrarse entre quienes a partir de ciertos bordes, o incluso desde la exclusión institucional, practicaron toda suerte de híbridos discursivos: Mallarmé, Artaud, Joyce, pero también la crítica literaria, y particularmente una crítica literaria como la de Benjamin que, además de cumplir con estos requisitos institucionales de exclusión y marginalidad, practica una doble vigilancia: el cuidado filosófico y el esmero filológico.

Y no es casual que el más sensato crítico alemán de Derrida, Jürgen Habermas,[vi] ataque esta pretensión de borrar los géneros entre la literatura y la filosofía. El ataque se refiere también a la pretensión de la crítica académica por alcanzar un estatus privilegiado frente a saberes más rigurosos. Como no es mera casualidad tampoco que el mismo Habermas se haya mostrado sumamente crítico hacia lo que llama una concepción mimética del lenguaje en Walter Benjamin. La discusión, como se ve; tiene como eje el estatuto literario y cognoscitivo de la crítica frente a la filosofía, y dos posturas frente a la comunicación y el lenguaje.

Pero señalemos una particularidad de la lectura que los críticos ligados con el pensamiento de Derrida efectúan sobre los textos de Benjamín: si toda lectura crítica desbroza el terreno para leer, si destruye algo de una posible totalidad jamás presente en un texto, en el caso de Benjamin lo que estos críticos universitarios ignoran, minimizan o excluyen es su programa sociológico. Curiosa selección que privilegia una identidad por sobre la no coincidencia o la fractura que el pensamiento benjaminiano jamás se preocupo por suturar, y que es dentro de sí la différence misma. Geoffrey Hartmann (“The Sacred Jungle 2: Walter Benjamín”) señala lo inconciliable de la interpelación teológica y la política, pero siempre relativiza los valores de una hermenéutica materialista.[vii] Lo que también se juega en esta interpretación de Hartmann es el descrédito de otro tipo de crítica literaria que concibe un uso monológico y metalingüístico del lenguaje Importa a Hartmann la relación que el crítico tiene con la lengua y el rescate de lenguajes u objetos culturales marginados. En efecto: en “La enseñanza de lo semejante”,[viii] donde Benjamín analiza la dimensión mágica y mimética del lenguaje, la adivinanza y la astrología aparecen consideradas como reveladoras de una actitud básica hacia el uso de la lengua, una actitud que contrasta con las diatribas de Adorno sobre el mismo tema.

Muy bien puede hablarse de una redención o de un rescate de lo que Foucault llamara “saberes sometidos”[ix] Esta operación de lectura crítica acometida por Benjamín consiste en relacionar aspectos concretos y materiales de la experiencia; pero la operación no se agota en la dimensión política del gesto, por el contrario, reivindica también una magnitud gnoseológica para el saber de la crítica. Este campo es marginal en el sentido que atrav iesa en diagonal otros saberes los reescribe en constelaciones significativas totalmente inesperadas: una manera de superar el historicismo, el secreto idealismo de la historiografía y el concepto clásico de la belleza al que la burguesía siguió atada.

Dice Benjamin: “Poseemos (...) un canon que permite echar luz sobre la oscura morada de la semejanza extra sensorial. Y este canon es el lenguaje”.[x] No es que Benjamín caiga en una teoría representativa o del reflejo, sino que reconoce una no interrupción entre la naturaleza y lo simbólico, a través de la facultad mimética, que es consubstancial y aun anterior al lenguaje mismo. Un desvanecimiento o borrado de la oposición entre naturaleza y cultura que Derrida ha emprendido en sus análisis de Lévi-Strauss, y Rousseau.[xi]

Si se consideran los trabajos de Derrida y de Paul de Man sobre Benjamin,[xii] lo apuntado antes se corrobora: el texto que merece la atención de ambos es el mismo, “La tarea del traductor”. En la traducción se juega toda una concepción del lenguaje y, positivamente, el enfoque que la deconstrucción tiene del sentido y de aquello que le es más idiosincrásico, lo que podríamos llamar “una nueva retórica de la lectura”. Si hay algo que la deconstrucción ha intentado es una nueva manera de acción sobre los textos: la traducción es simultáneamente ese proceso indistinguible que supone la lectura y la re-escritura. La traducción deja huellas en los textos que lee, la lectura no es una mera pasividad que roza lo ya escrito, la suplementariedad de la lectura crítica es la misma suplementariedad del lenguaje en general.

Necesariamente una teoría del lenguaje implica una concepción del sentido y la lectura. Benjamín en Dirección única[xiii] narra la parábola de la lectura crítica. Un texto es una huella o un camino y su fuerza varía según se lo recorra a pie o en un avión. El paisaje en la intimidad de su diseño sólo se abre ante un recorrido a pie que, en un límite utópico calcaría o copiaría el texto leído. El recorrido aéreo del texto permite al yo lector entregarse al ensueño imaginativo, pero en cambio, dice Benjamín, “el copista deja que el texto le dé órdenes”.[xiv] Por distintos motivos, la metáfora de la huella, la carretera, la calle y la vía obseden tanto a Derrida como a Benjamín. La mirada aérea, sin embargo, es necesaria: es la mirada o la lectura del flâneur, que en su recorrido, al entregarse a lo que acontece, se pierde, y sólo ha de encontrar algo al precio de la pérdida momentánea de sí. Mirada aérea y terrestre coinciden o deben coincidir, pero ninguna de las dos puede dibujar una totalidad en la lectura; en ambos casos, lo determinante es que entran a formar parte del paisaje, o mejor aún, forman la fuerza del paisaje leído porque el yo desaparece. Que el texto dé órdenes a quien lee, supone una teoría de la lectura como acción. La copia del texto no es una reproducción, sino un meditado recorrido que se deja llevar e implica también una teoría de la acción sobre el lector de la crítica : “En mi trabajo, las citas son como salteadores de caminos que irrumpen armados y despojan de su convicción al ocioso paseante” afirma Benjamín en otro lugar. La lectura aérea es una lectura de los intersticios en los que el yo imaginativo se proyecta mediante una narración, es el modo de leer de los niños, el modo de leer de Benjamin niño: “¡Silencio del libro, cuyo poder de seducción era infinito! Su contenido no era tan importante. Pues la lectura coincidía aún con la época en que tú mismo inventabas en la cama tus propias historias” (Dirección única, pág. 52). Ambas lecturas se presuponen y ambas son polos utópicos para un posible lector: la colección de citas que conserva y modifica a la vez el texto y cierto esquema narrativo-mítico que la crítica no puede saltear.

Lejos, sin embargo, está Benjamín de presentar una visión sublimada de la crítica literaria. Para él, la producción de sentido está involucrada en una batalla que se libra dentro de la praxis literaria como se desprende de su irónica página “La técnica del crítico, en trece tesis”[xv] (“El crítico es un estratega en el combate literario”, “quien no pueda tomar, partido debe callar”; “La crítica debe hablar el lenguaje de los artistas. Pues los conceptos del cénacle son consignas. Y sólo en las consignas resuena el grito de combate”).[xvi] Un dejo melancólico, hay aquí, pues Benjamin cree en la desaparición de la crítica derrumbada por la generalización de la publicidad mercantil.

Estos aspectos de lucha están presentes en el trabajo de Paul de Man sobre “La tarea del traductor”: Benjamin, inadvertidamente, sirve de arma la idea de lectura contra la hermenéutica gadameriana y la estética de la recepción (“ningún poema está dedicado al lector -dice Benjamin-, ningún cuadro a quien lo contempla, ni sinfonía alguna a quienes la escuchan”)[xvii]. En Benjamín, de Man lee la impersonalidad y la inhumanidad trascendente del lenguaje.

En “Des tours de Babel”,[xviii] el análisis de Derrida es más fino, menos vacilante que el de De Man, pero igualmente inclinado a reforzar los puntos programáticos básicos de la deconstrucción. Abandono la tentación de analizar pormenorizadamente este texto por razones de tiempo y por la paciencia que exigiría en los oyentes, sin embargo, quisiera señalar aquellas zonas armónicas en las que los dos pensamientos están destinados a convergir.

En primer lugar, la escritura ocupa en las consideraciones de Benjamin sobre el lenguaje un lugar central: “Es sabido que las concepciones místicas del lenguaje no se contentan adoptando una postura sobre la palabra hablada, ocupándose igualmente de la palabra escrita” (“La enseñanza de lo semejante”). En Benjamin, la aparición del lenguaje es paralela o concomitante con la escritura; lenguaje hablado y escrito forman parte de la misma facultad. Que se postule un lenguaje sagrado o una lengua pura que exige o pide la traducción equivale al concepto derridiano de “archiescritura”. Ese lenguaje original reclama la traducción porque ya se encuentra dividido, y no es idéntico a sí mismo, como demuestra Derrida al analizar el nombre propio Babel, que se traduce internamente en su lenguaje como “confusión”. Las lenguas no son, entonces, totalidades cerradas ni idénticas a si mismas, así como un libro sólo aparentemente es una unidad acabada. Y aquí el nombre de Mallarmé es una inflexión común en ambos pensamientos (en “La tarea del traductor” Benjamin deja sin traducir un fragmento de Mallarmé, gesto que Derrida interpreta como la parte intraducible de un nombre propio).

La clásica idea del libro como totalidad orgánica queda invalidada en De la grammatologie tanto como Benjamin prevé su próximo fin:



“Ahora, todo parece indicar que el libro, en esa forma heredada de la tradición, se encamina hacia su fin. Mallarmé, que desde la cristalina concepción de su obra, sin duda tradicionalista vio la verdadera imagen de lo que se avecinaba, utilizó por vez primera en el Coup de dés las tensiones gráficas de la publicidad, aplicándolas a la disposición tipográfica.”[xix]



En efecto, como se encarga muy bien de puntualizar Derrida, su pensamiento no es ni humanístico m tampoco antitécnico (un punto de disidencia con la idea heideggeriana de la técnica), es más, la idea de escritura involucra la de técnica en un sentido general que impide a la deconstrucción erigirse como heraldo del apocalipsis tecnológico. Por ello, Derrida se autocelebra en su autobiografía, Circonfession: “[yo] ya hacía zaping en la escritura antes de inventarse el zaping”.[xx] Y como Derrida, el fin de la era del libro anuncia en Benjamin el despuntar de un nuevo tipo de escritura no fonética, sino pictórica que abrace la técnica:



En esta escritura pictográfica, los poetas, que como en los tiempos más remotos serán en primer término y sobre todo expertos en escritura, sólo podrán colaborar si hacen suyos los ámbitos en los que (sin darse demasiada importancia) se lleva a cabo la construcción de esa escritura: los del diagrama estadístico y técnico.[xxi]



Otro punto esencial lo constituye el tratamiento del contexto en los análisis: la deconstrucción evita recaer en la metafísica a través de la postulación de determinaciones contextuales animadas por un mecanicismo implícito en el programa sociológico. El concepto de experiencia en Benjamín es una forma de establecer redes capilares entre textos y contextos. Sus análisis tienden estas redes capilares porque tratan el material heterogéneo como citas que se entrelazan.

La no coincidencia, la distancia ineludible que la aprehensión de sentido y de la experiencia consigo misma configuran en Benjamin casi una postura psicológica: el sujeto que narra los protocolos de una experiencia con haschisch[xxii] parece perseguir alguna forma de plenitud, que sin embargo acentúa las distancias con que el yo se percibe sí mismo y la realidad que lo rodea. Un precepto que forma parte de la crítica literaria: “La crítica es cuestión de justa distancia”.[xxiii] El “aura” remite a la inmediatez e implica la distancia; y la traducción, la relación entre el original y el texto traducido es también una cuestión de distancia, o si se quiere, de no coincidencia esencial. No coincidencia que también se percibe en una temática muy familiar a la metaforización derrideana: las huellas, que en Benjamin son decisivas en el análisis social de la novela policíaca. Las huellas individuales y su difuminacion en la multitud ciudadana son la estructura social básica de la novela policial, así como son también decisivas en el sentimiento de la burguesia, preocupada por fundas y estuches preservadores del astro individual o en la identificación judicial de las firmas.[xxiv]

Pero hay en “Des tours de Babel”, el texto de Derrida sobre Benjamín, un aspecto que implica un dominio fundamental de la traducción. en ese dominio sé encuentra implicada la filosofía. Se trata de la aplicación de dos lenguas filosóficas y de dos culturas filosóficas, dos modos de pensar implicados en dos lenguas diferentes que pueden traducirse mutuamente. La lengua filosófica alemana y la francesa necesariamente implicadas en el texto “La tarea del traductor”, que es un prefacio a una traducción de Baudelaire. Lo que se abre aquí es una forma de pensar en la filosofía como un pensar entre las lenguas, o la filosofía como aspiración imposible a la traductibilidad absoluta, truncada por el hecho de que se piensa en una lengua determinada. Pensar entre las lenguas requiere siempre pensar la preposición “entre”, el pasaje o la traslación, el límite de la lengua donde el pensar se sitúa. Y esto nos enfrenta con un tópico bastante transitado por Derrida: la cuestión de la nación, el nacionalismo y la lengua filosófica nacional. La modernidad implica este pensar dentro de espacios culturales que están regidos por la nación, por el territorio lingüístico y político abarcado por la nación. Pensar estas casi naturalizadas identidades, sin convertir a la lengua en una totalidad trascendente, parece ser uno de los propósitos de Derrida, presente en este comentario sobre Benjamin. Pensar el entre es poner un pie hacia el exterior, hacia la traducción, sin abandonar la morada lingüística. Pensar de este modo, en la suposición del arraigo que el pensamiento mantiene con el recinto lingüístico (“la casa del ser” heideggeriana) implica la posibilidad de una expansión. En los presupuestos de los nacionalismos están las pretensiones a la universalidad, a una expansión universal. La filosofía es ese discurso que se expande con pretensiones de universalidad, pero su afán está contenido por el destino de la lengua que no le acaece como si fuese un accidente inesencial: traducir es una operación que atañe a la presencia del otro: la otra lengua, la otra cultura, el otro pensamiento y la relación con lo otro. Incluso la traducción en los límites de una misma lengua deja vislumbrar la sombra de lo otro. Cuando hablamos una lengua la experiencia de la traducción instala la comodidad y la incomodidad simultáneas de una no coincidencia perpetua con el sentido. Una forma de la traducción.

En ese punto, entre el francés y el alemán, se instala Benjamin. su obra no es concebible sin esta relación entre dos culturas, dos pen samientos, dos lenguas.

Como tampoco podría concebirse la filosofía de Derrida sin esa relación con el alemán, sin ese permanente y obstinado ejercicio de traducción sobre el alemán, casi una fiel y al mismo tiempo irreverente traducción francesa de textos alemanes. Una larga nota al pie que un francés escribe en su lengua acerca de un hipotético texto alemán perdido.

La traducción se movería entre lo familiar, la casa, el recinto interior y lo extranjero (y aquí es reconocible la temática de Benjamin sobre la casa, casi se podría decir que los polos espaciales del pensamiento de Benjamin se desplazan a partir de la figura de un niño ensimismado en el interior de una casa burguesa hacia el exterior de una ciudad en la que el flâneur se encuentra con la muchedumbre). La traducción sería una suerte de flânerie o pasaje, esa figura tan benjaniana, porque el flâneur hace del afuera su casa y los pasajes por los que transita “son una cosa intermedia entre la calle y el ínteríor”.[xxv]

El “y” de mi título (“Benjamín y la deconstrucción”) estaba implicito en este pasaje, que es en realidad un envío, un tránsito de ida vuelta entre dos lenguas. Una traducción. Como la crítica.

Jorge Panesi





[i] “El carácter destructivo”, trad. de Jesús Aguirre, en Discursos interrumpidos, Madrid, Taurus, 1973, p. 159.

[ii] Derrida, Jacques, “Kant: El conflicto de las facultades”, en La filosofía como institución, Barcelona, Juan Granica, 1984.

[iii] Op. cit., p. 45.

[iv] Lacoue-Labarthe, Ph., Nancy, J-L., L’absolue littéraire (Théorie de la littérature du romanticisme allémand), Paris, Seuil, 1978.

[v] Benjamin, Walter, El concepto de critica de arte en el romanticismo alemán (traducción de J.F. Yvars y Vicente Jarque), Barcelona, Península, 1988.

[vi] Sobre la mezcla de géneros: “¿Filosofía y ciencia como Literatura?, en Pensamiento postmetafísico, Madrid, Taurus, 1990; sobre Benjamin: “Excurso sobre las Tesis de la filosofía de la historia de Benjamin”, en El discurso filosófico de la modernidad, Madrid, Taurus, 1989 y “Walter Benjamin (Crítica concienciadora o critica salvadora)”, en Perfiles filosófico-políticos, Madrid, Taurus, 1975. Sobre Derrida: Pensamiento postmetafisico, Madrid, Taurus.

[vii] Hartmann, Geoffrey H., Criticism in the Wilderness (The Study of Literature Today), New Haven y Londres, Yale University Press, 1940. Discutiendo la cuestión del aura en una interpretación de Benjamin sobre el soneto “A une passante” de Baudelaire, dice: Benjamin was tempted to give us his analysis its socioeconomic turn at  the price of occluding a radically religious perspective (Op. cit., pág. 70) y As when imagination is politicized. Benjamin strives to be a journalist rather tan a literalist of the imagination (pág. 77).

[viii] En: Para una crítica de la violencia y otros ensayos, traducción de Roberto Biatt, Madrid, La Piqueta, 1978, pág. 128.

[ix] Foucault, Michel, “Curso del 7 de enero de 1976”, en Mirofísica del poder, Madrid, La Piqueta, 1978, pág. 128.

[x] Op. cit., pág. 87.

[xi] Derrida, Jaques, De la gramatologie, Paris, Minuit, 1966.

[xii] de Man, Paul, “Conclusions: Walter Benjamin’s ‘The Task of the translator’”, en su The resistance to theory, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1986. Jacques Derrida, “Des tours de Babel”, en: Joseph F. Graham (ed), Difjerence in translation, Ithaca y Londres, Cornell University Press, 1985.

[xiii] Benjamin, Walter, Dirección única (traducción de Juan J. del Solar y Mercedes Allendesalazar), Barcelona, 1987, pág. 21.

[xiv] Op. cit., p. 22.

[xv] En Dirección única, op. cit.

[xvi] Op. cit., pág. 45.

[xvii] “La tarea del traductor”, en Angelus Novus, (trad. Héctor A. Murena), Barcelona, Edhasa, 1971.

[xviii] Op. cit.

[xix] Benjamin, Walter, Dirección única, op. cit. pág. 37.

[xx] En Bennington, Geoffrey, Jacques Derrida, París, Seuil, 1991, pág. 165.

[xxi] Dirección única, op. cit., pág. 39.

[xxii] Benjamin, Walter, Haschisch, Madrid, Taurus, 1974 (traducción de Jesús Aguirre). Por ejemplo (entre otros): “Se acrecienta la molesta simultanéidad de la necesidad de estar a solas y de querer permanecer junto con los otros...”, pág. 53.

[xxiii] Dirección única, op. cit., pág. 76.

[xxiv] Benjamin, Walter, “El París del segundo imperio en Baudelaire”, en Poesía y capitalismo (Iluminaciones II), Madrid, Taurus, 1980 (traducción de Jesús Aguirre).

[xxv] Op. cit., pág. 51.

segunda-feira, 2 de janeiro de 2017

Un relato de Silvina Ocampo



David Lagmanovich
Universidad Nacional de Tucumán


La latitud del término “relato” nos permite referirnos de esta manera al texto “Informe del Cielo y del Infierno”, de Silvina Ocampo (1909-1993), que figura en su excelente libro La furia y otros cuentos.1 Lo consideramos un ejemplo de microrrelato o minificción, según explicaremos en seguida. Pero antes de seguir adelante, conviene transcribir el texto:

A ejemplo de las grandes casas de remate, el Cielo y el Infierno contienen en sus galerías hacinamientos de objetos que no asombrarán a nadie, porque son los que habitualmente hay en las casas del mundo. Pero no es bastante claro hablar sólo de objetos: en esas galerías también hay ciudades, pueblos, jardines, montañas, valles, soles, lunas, vientos, mares, estrellas, reflejos, temperaturas, sabores, perfumes, sonidos, pues toda suerte de sensaciones y de espectáculos nos depara la eternidad.

Los demonios y los ángeles, que son parejamente ávidos, sabiendo que estás adormecido, un poco en este mundo y un poco en cualquier otro, llegarán disfrazados a tu lecho y, acariciando tu cabeza, te darán a elegir las cosas que preferiste a lo largo de la vida. En una suerte de muestrario, al principio, te enseñarán las cosas elementales. Si te enseñan el sol, la luna o las estrellas, los verás en una esfera de cristal pintada, y creerás que esa esfera de cristal es el mundo; si te muestran el mar o las montañas, los verás en una piedra y creerás que esa piedra es el mar y las montañas; si te muestran un caballo, será una miniatura, pero creerás que ese caballo es un verdadero caballo. Los ángeles y los demonios distraerán tu ánimo con retratos de flores, de frutas abrillantadas y de bombones; haciéndote creer que eres todavía niño, te sentarán en una silla de manos, llamada también silla de la reina o sillita de oro, y de ese modo te llevarán, con las manos entrelazadas, por aquellos corredores al centro de tu vida, donde moran tus preferencias. Ten cuidado. Si eliges más cosas del Infierno que del Cielo, irás tal vez al Cielo; de lo contrario, si eliges más cosas del Cielo que del Infierno, corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu amor a las cosas celestiales denotará mera concupiscencia.

Las leyes del Cielo y del Infierno son versátiles. Que vayas a un lugar o a otro depende de un ínfimo detalle. Conozco personas que por una llave rota o una jaula de mimbre fueron al Infierno y otras que por un papel de diario o una taza de leche, al Cielo.



Ante posibles objeciones a la inclusión de este texto en la categoría “microrrelato”, el análisis que sigue trata de sostener el derecho a la diferencia. El “Informe...” es sin duda diferente de otros textos inclusive de la misma Silvina Ocampo que suelen aparecer en las antologías del género; pero pertenece a este último, dentro de peculiaridades que hacen a una especial concepción de lo narrativo. Examinaremos el texto, párrafo por párrafo.

1. Notemos ante todo que la palabra inicial del título, informe, señala un cruce de géneros. A diferencia de “historia”, “relato”, “relación” y otras semejantes, el vocablo en cuestión pone en primer plano, no el proceso mediante el cual se llega a adquirir determinados conocimientos de la realidad (como en “Relación de lo acontecido en Indias”, título de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, o en “Historia de la cándida Eréndira...”, de Gabriel García Márquez), sino los conocimientos mismos. Es pues el relato de un hallazgo, o de determinados hallazgos; pero en su exposición se ha elidido cualquier expresión que identifique las circunstancias y peripecias asociadas con el proceso de la búsqueda. ¿Puede un informe del Cielo y el Infierno ser elaborado por quien no haya estado allí, alguien que no ha presenciado sus características y los procesos de que se da cuenta en el texto? Evidentemente, no. Pero se ha omitido toda referencia a algún tipo de contacto (por ejemplo, a través de lecturas, o como testigo de visu, o por iluminación sobrenatural) y se va directamente a la sustancia del informe.

Sin duda, existía la posibilidad de imitar el procedimiento del Alighieri en La divina comedia: incluir la persona del narrador como una suerte de explorador, un gradual descubridor del relato2 (lo cual en cierta forma justifica el equívoco en que incurrían sus conciudadanos de Florencia, al referirse a Dante como “aquel que ha estado en el Infierno”). En este texto se ha preferido no hacerlo; de todos modos, la dualidad relator-relatado, o narrador y cosa narrada, existe tanto en un caso como en el otro. En otras palabras, escuchamos en estas páginas la voz de un narrador que personifica a Silvina Ocampo, que habla “por” ella o a través de la cual Silvina habla, aunque ni su nombre ni su figura (ni los de un alter ego de ficción) aparezcan en modo alguno.

Lo siguiente que advertimos, todavía en el primero de los cuatro párrafos que integran la composición, es el efecto de extrañeza que causa la enumeración allí contenida. Es un caso de “enumeración caótica”, fenómeno estudiado a mediados del siglo pasado por Leo Spitzer como característico de la poesía moderna3. El tono general del párrafo es el de las frases nominales: el verbo “contener” para describir las galerías del Cielo y el Infierno, y la forma verbal impersonal “hay”, son sólo los disparadores de nóminas que simplemente se enuncian sin descripciones adicionales. En esa enumeración figuran entidades creadas por el hombre (ciudades, pueblos, jardines), aspectos de la naturaleza (montañas, valles, vientos, mares), otros cuerpos celestes (soles, lunas) y sensaciones que en la vida terrenal nos llegan a través de los cinco sentidos (reflejos, temperaturas, sabores, perfumes, sonidos). Al volver a mirarlos así descubrimos que la enumeración, después de todo, no es absolutamente caótica, puesto que los puntos enumerados se agrupan sin dificultad en esas cuatro categorías: la mente puede ordenar el caos. Pero la mezcla es grande, sobre todo si se recuerda algo que aparece en la segunda línea de este primer párrafo: “contienen en sus galerías hacinamientos de objetos” (mi subrayado). Quizá este rasgo del “hacinamiento” sea el más chocante desde el punto de vista de las nociones recibidas acerca del Cielo y del Infierno; también resulta desconcertante, así como inadecuada para los sentimientos religiosos, la comparación con “las grandes casas de remate”. Es que, inevitablemente, toda nueva descripción de estos ámbitos implica el apartamiento de una tradición muy fuerte, en la que se mezclan elementos de la ortodoxia cristiana (y hasta de otras religiones) con figuraciones procedentes de la religiosidad popular.

Es extraña la visión de un más allá donde existen espacios, calificados como “galerías”, en los cuales se hacinan tanto objetos de mínimo tamaño como mares y estrellas. Lo es también el hecho, mantenido a lo largo de todo el texto, de considerarse conjuntamente el Cielo y el Infierno, en contradicción notoria con la doctrina religiosa y con la imaginación popular. Para la gente común, en forma taxativa para los creyentes y al menos en forma metafórica para los no creyentes, “Cielo” e “Infierno” son conceptos antitéticos, relacionados con el juicio de la Divinidad respecto de la conducta del hombre sobre la tierra. En cambio, para la voz narrativa de este relato, ambos espacios fabulosos son equivalentes; ellos quedan reunidos perfectamente en la última línea del párrafo, cuando se afirma que “toda suerte de sensaciones y de espectáculos nos depara la eternidad”.

Podemos explicarnos esto, precisamente, si aceptamos que en el relato la noción verdaderamente importante es la de la eternidad, algo que está fuera del tiempo pero que sólo puede describirse en relación con el tiempo: un no-tiempo que, como nos enseñó San Agustín, sólo como una tosca aproximación puede describirse en términos temporales. Los curiosos espacios ya mencionados, las “galerías” del otro mundo, aparecen ahora fundidos en esa especie de tiempo sin tiempo que es la eternidad. Y ésta, la eternidad, subsume las otras dos representaciones el Infierno y el Cielo en una especie de oposición neutralizada. En esa situación puede darse tanto la falta de diferenciación como la alternancia caótica o aleatoria: todo lo contrario de una concepción de dos realidades ontológicamente inamovibles y que constituyen una bipolaridad.



2. Al pasar al segundo párrafo, desaparece el tono enumerativo que era una característica del primero, y en cambio aparecen sintagmas verbales variados: los verbos usados son “rugir”, “tener”, “estar”, “ser” en la posición nuclear del sintagma, así como “cruzar” y “regalar” en cláusulas subordinadas. Todas estas estructuras gramaticales constituyen la prótasis de una oración condicional que enumera diversas posibilidades de contacto con la realidad: percepciones vinculadas con el mundo animal, observación de seres humanos, valoración contradictoria de una flor, apreciación de la analogía entre un ser humano y la decadencia de un vegetal. Miradas más de cerca, cada una de esas condiciones constituye una contradicción intrínseca: como suficiente ejemplo, valga la “paloma angelical” que al mirar tiene “ojos de hiena”. Pero el sentido último del párrafo como es natural en este tipo de construcciones está en la apódosis, aunque ésta incluya (¿deliberadamente, para mantener el tono contradictorio?) una anomalía gramatical: “tus ojos, y no Dios, los creó así” [sic: debía haberse establecido la concordancia con el plural “tus ojos”].

El esquema general del párrafo es: Si A, si B, si C, si D, si E, entonces X. Pero esa “X” está representando la negación de un principio fundamental del Cristianismo y de las demás religiones monoteístas, que es la concepción de Dios como Creador. El caos del Cielo o del Infierno no sólo sobrepasa el caos en el que tememos movernos los seres terrenales, sino que es el caos de un mundo sin Dios. Esas realidades desagradables o aterradoras los “andrajos lascivos”, la cara de un ser humano como “leño descascarado y furioso” son creación del hombre; estamos a un paso de afirmar que el nuestro es un universo sin Dios.



3. El tercer párrafo, el más extenso de la composición, propone una nueva versión del mundo postrimero: lo que ocurre después de la muerte. Aparecen los demonios y los ángeles y pretenden atraer el alma del difunto. Lo hacen dándole a elegir entre diversos objetos del mundo. El texto previene: “Si eliges más cosas del Infierno que del Cielo, irás tal vez al Cielo; de lo contrario, si eliges más cosas del Cielo que del Infierno, corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu amor a las cosas celestiales denotará mera concupiscencia”. Nótese que en todo esto falta, lo mismo que en los tramos anteriores del microrrelato, una instancia superior. Los demonios y los ángeles parecen estar en el mismo plano, y hasta colaborar en la relación con el ser humano que acaba de morir. La mención de la “silla de la reina”, que en la Argentina como sugiere el texto se llama “sillita de oro”4, sirve para llevar al difunto (que evidentemente sigue gozando de toda su corporeidad, tal vez porque está “un poco en este mundo y un poco en cualquier otro”, según dice el texto) “al centro de tu vida, donde moran tus preferencias”. ¿Es ese centro el mundo de la infancia? Es posible; en todo caso, la resolución del problema la asignación al Cielo o al Infierno es trivial: parece una inversión de las preferencias de los hombres, manifestada en el mundo de ultratumba. Y también es absurda porque, si les quitamos a las dos grandes nociones toda relación con las virtudes y los pecados de los seres humanos, las estamos vaciando de significado. Cielo e Infierno pasan a ser vocablos huecos, que a partir de ahora pueden aceptar cualquier contenido que la escritura quiera conferirles.

Se prosigue, así, la descripción de un mundo (otro mundo) sin Dios, donde tanto los ángeles como los demonios aparecen como agentes de un poder vacío: los creadores o los símbolos, tal vez, de un sinsentido trascendental.



4. Todo esto conduce naturalmente al párrafo final. Ya se han presentado las condiciones que podríamos llamar “físicas” del Cielo y el Infierno; se ha hecho referencia a acciones y procesos de signo negativo, pero atribuyéndolos exclusivamente a los ojos humanos; se ha presentado a demonios y ángeles como actores de una comedia en la que no hay director de escena; y al mismo tiempo se ha insinuado que el ir al Infierno o al Cielo depende de factores que nada tienen que ver con la historia moral de quien resulta destinado al uno o al otro. Ahora, el párrafo final viene a decir que “las leyes del Cielo y del Infierno son versátiles” (volubles, inconstantes, no dotadas de fijeza o permanencia). Con esto, al absurdo de las conductas de ángeles y demonios debe sumarse el absurdo de unas leyes que no tienen forma definida y, tácitamente, que son inaccesibles para nosotros.

Hasta ahora nos habíamos estado moviendo en una atmósfera de fuerte impronta existencialista: se advertía casi en primer plano el tema del abandono del ser en un mundo al que no se le encuentra sentido. Ahora se suma a ello el tema kafkiano de la probable existencia de una autoridad superior, pero cuyas leyes y decisiones son a la vez incognoscibles e incomprensibles5. “Que vayas a un lugar o a otro depende de un ínfimo detalle”, se nos advierte. Y los ejemplos que da el texto son igualmente absurdos: “Conozco personas que por una llave rota o una jaula de mimbre fueron al Infierno y otras que por un papel de diario o una taza de leche, al Cielo”. ¿A qué se refieren estos ejemplos? ¿A la posesión de estos objetos, o a haber expresado preferencia por ellos, según se insinuaba unas líneas antes?

En realidad los ejemplos son intercambiables: tanto en la narrativa de Kafka como en el teatro del absurdo Beckett, Genet, Ionesco ocurren situaciones similares, al menos en su falta de relación con una interpretación racional de la realidad. En las ficciones de Kafka, la inutilidad de la existencia humana se relaciona, entre otras cosas, con la existencia de poderes totalmente arbitrarios, aunque ocultos para quienes sufren los efectos de su poder. En los dramaturgos del absurdo, se verifica la concepción adelantada por Albert Camus en Le Mythe de Sisyphe (1942): el absurdo es el resultado de la tensión entre el deseo humano de encontrar orden y sentido en el mundo, y la aparente inexistencia de tales condiciones en el contexto en que nos movemos (o al que hemos sido arrojados). Cuando leemos, en el texto de Silvina Ocampo, que elementos de tan escasa pertinencia como la llave rota o la taza de leche pueden presuntamente justificar por igual que se termine en el Cielo o en el Infierno, es casi inevitable pensar en la arbitrariedad de los poderes que nos gobiernan, en la volatilidad de las leyes que pueden aplicarse (y que por otra parte desconocemos), en la falta de sentido que parece privar a cada caso en nuestras vidas sobre la tierra y, en fin, en la situación de desamparo existencial que nos aqueja, aun más allá de la muerte.



5. Todo lo dicho no implica poner en duda la maestría de la construcción literaria, que discurre en forma fluida, amparada en un tono neutro, aparentemente de suma objetividad, casi de lugar común.

Proveen algunas explicaciones, para esta cuestión del tono narrativo, algunas influencias que operan sobre una escritora que desarrolla gran parte de su obra entre mediados y finales del siglo XX. La mención de influencias no implica menoscabar la capacidad personal o la originalidad de Silvina Ocampo: las influencias literarias, y aun los intertextos, son algunas de las hebras que, reunidas, conforman un tejido literario.

Ya hemos mencionado dos líneas de parentesco literario, a saber, uno que tiene que ver con Franz Kafka y el otro, con el grupo de escritores (de alguna manera vinculados con él) conocidos como los dramaturgos del “teatro del absurdo”6. Pero hay una tercera relación de parentesco, a la vez cercano y sorprendente: se trata de Jorge Luis Borges, figura central en el mundo de Silvina y Bioy, a la vez como ineludible presencia humana y como ejemplo de práctica literaria.

Para ubicarnos al respecto, conviene recordar algunas de las lúcidas consideraciones que formuló hace ya más de treinta años Jaime Alazraki7. Para el especialista argentino, los ensayos de Borges pueden relacionarse con los de Alfonso Reyes y los de Ezequiel Martínez Estrada: “Leyendo los ensayos de Martínez Estrada y los de Borges el lector percibe de inmediato una intención común: los dos desconfían de la lógica aristotélica” (p. 138). Aun más pertinente es la definición de lo que el crítico argentino llama “adyacencia entre ensayo y cuento” (p. 140), ya que “el tratamiento de los temas de los ensayos no difiere [...] del empleado en las narraciones” (p. 142). De esa manera, cuento y ensayo se aproximan notablemente, hasta el punto de que el primero adopta algunas de las convenciones del segundo: la autodenominación de “informe”, la aparente objetividad, la impasibilidad del estilo (aun al referir situaciones e incidentes netamente fantásticos), son rasgos de un tipo de cuento que, simétricamente, se refleja también en la orilla opuesta, al encontrarse ensayos borgianos que agregan, a los previsibles procedimientos expositivos, algunos otros que claramente derivan de la órbita de la narratividad.

Esta situación de hibridez genérica (para acudir a un concepto, el de “género”, tan cuestionado como cuestionable en el estudio de la literatura contemporánea) es la que encontramos en el microrrelato de Silvina Ocampo que nos ocupa. He aquí un cuento que expone, un cuento que ilustra, un cuento que instruye. Es un cuento un microcuento, si se quiere que solicita nuestro pensamiento no sólo como receptores, sino también para ayudarnos a pensar. Por cierto que las líneas de pensamiento que desarrolla no son las de ninguna ortodoxia, ni parecen aceptables, a priori, como concepción alternativa de las nociones heredadas, ya sea de la religiosidad popular o de la teología sistemática. Nuestra sensibilidad nos dice que ni “el cielo que me tienes prometido” ni “el infierno tan temido”, para usar las expresiones del famoso soneto del Siglo de Oro español, pueden parecerse al Cielo o al Infierno de Silvina Ocampo: porque éste es un trasmundo de literatura fantástica, no de teología, y el texto que lo describe es un texto del “como si”. Frente a un texto de este tipo hay una posible aproximación que es inviable, la del realismo ingenuo que reduciría todo a una cuestión de credulidad o incredulidad. Pero también hay otras dos que son viables, e inclusive recomendables: disfrutar de la construcción artística, e intentar la comprensión de la ideología y el contexto histórico y cultural que en ella subyacen.

[2005]



Notas:

[1] Silvina Ocampo, La furia y otros cuentos. Buenos Aires: Sur, 1959.

[2] En el prólogo, firmado por Adolfo Bioy Casares, a la Antología de la literatura fantástica de la que es autor juntamente con Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo (que cito por la 16ª edición especial, Buenos Aires: Sudamericana, 1999), y dentro de éste en el apartado sobre “Técnica”, se mencionan, en una enumeración de argumentos fantásticos, los “Argumentos con acción que sigue en el Infierno” (p. 12), y se cita La Divina Comedia. Eso refuerza nuestra impresión de que el argumento que desarrolla Silvina Ocampo puede relacionarse con el mundo dantesco, con las modificaciones del caso.

[3] Leo Spitzer, La enumeración caótica en la poesía moderna. Trad. de Raimundo Lida. Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, Instituto de Filología, 1945. (Colección de estudios estilísticos, Anejo I.) Son interesantes las consideraciones que este filólogo formula en el último apartado de su trabajo, “Lo moderno y lo tradicional”, pp. 75-80, donde inclusive menciona el vínculo que a su juicio existe entre esta fórmula estilística y la tradición religiosa.

[4] Así en: Günther Haensch y Reinhold Werner, Nuevo diccionario de americanismos, tomo II, Nuevo diccionario de argentinismos (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1993), p. 550: “Juego infantil que consiste en mecer a un niño dos personas que se colocan enfrentadas y con los brazos entrelazados”.

[5] El prólogo de Bioy Casares citado en una nota anterior dice a propósito de Kafka (p. 13): “su metódica imaginación y su estilo incoloro nunca entorpecen el desarrollo de los argumentos”. El “estilo incoloro” puede verse como una característica de Silvina Ocampo en este relato. Ese estilo es típicamente burocrático; también lo es la definición del texto como “Informe”: recuérdese el “Informe para una academia” (“Ein Bericht für eine Akademie”) del autor praguense.

[6] Véase la útil caracterización de Martín Esslin, The theatre of the absurd (1961).

[7] “Borges: una nueva técnica ensayística”, en Kurt L. Levy y Keith Ellis, El ensayo y la crítica literaria en Iberoamérica (Toronto: Universidad de Toronto, 1970), pp. 137-43.

(ALGO MÁS SOBRE LA RESEÑA DE VICTORIA OCAMPO A VIAJE OLVIDADO




Judith Podlubne

Universidad Nacional de Rosario

indeterminación con que las imágenes aparecen y desaparecen en los sueños y en la incertidumbre con que en ellos se sucede y confunde lo conocido y lo desconocido. El clima de Viaje olvidado transmite, para Victoria, la misma falta de deliberación que caracteriza el universo del sueño; hay en estos cuentos una atmósfera propia “donde las cosas más disparatadas, más incongruentes están cerca y caminan abrazadas, como en los sueños” (Ocampo 1937: 121).

La relación que sueño y realidad, que realidad e irrealidad, entablan en estos cuentos es percibida y presentada por Victoria con lucidez. “Ese juego de escondite, esa coalición de una realidad que se ha vuelto irreal y un sueño que se ha vuelto realidad nunca me ha impresionado tanto como en el Viaje olvidado” (Ocampo 1937: 121). Su comentario advierte que ambas instancias aparecen estrechamente vinculadas en un juego de transfiguraciones, que sueño y realidad no constituyen dos dominios distintos y alternativos sino que tejen una alianza indiscernible en la que uno se vuelve otro, en la que las fronteras entre uno y otro se desvanecen, y todo se torna radicalmente ambiguo. La realidad se vuelve irreal, el sueño se vuelve realidad, los personajes parecen cosas y las cosas, personajes. Los cuentos de Silvina alumbran, para Victoria, esa región indefinida e inestable en la que cada suceso y cada figura es también otro (“como las hojas todas iguales y sin embargo distintas en las láminas del libro de Ciencias Naturales” [Ocampo 1937: 121]), en la que seres extraños aluden a personajes conocidos y voces desconocidas resuenan con ecos familiares. Una región que, acertando una vez más, su lectura identifica con el territorio remoto de la infancia.

De un modo inadvertido, la analogía entre sueño y relato desplaza el comentario de Victoria hacia una visión nueva e inesperada de la infancia en los cuentos de Viaje olvidado.

Una visión en la que el pasado deja de remitir a un tiempo compartido y recuperable, para aludir a un espacio inaccesible en el que, como en los sueños, los límites entre realidad e irrealidad, entre lo vivido y lo imaginado, se contaminan y desdibujan hasta anularse. La sospecha de que la infancia de la que hablan estos relatos está tan lejos de la suya como de la de su hermana perturba la lectura de Victoria en un sentido que sus convicciones le impiden reconocer, pero que sus enunciados entredicen. ¿De dónde, si no de la perplejidad que esa sospecha le transmite, proviene el asombro con que ella asiste a la aparición de una imagen extraña e imprevista de Silvina en Viaje olvidado? Escribe Victoria:

Conociendo el lado realidad e ignorando la deformación que esa realidad había sufrido al mirarse en otros ojos que en los míos y al apoyarse en otros sueños, me  Orbis Tertius - 2006 – Nro. 12 4 encontré por primera vez en presencia de un fenómeno singular y significativo: la aparición de una persona disfrazada de sí misma (Ocampo 1937: 121). La explicación con la que ella justifica su asombro apela una vez más a la “deformación” (el sustantivo es elocuente, traduce con una concisión rigurosa su punto de vista) que la capacidad imaginativa de Silvina impone sobre el tiempo familiar. Como si precisamente esa deformación del pasado operada por Silvina le devolviese una imagen desfigurada (aunque reconocible) de su hermana. Sin dudas, es esto lo que Victoria quiere dar a entender –y, en ese caso, hubiese resultado tal vez más ajustado presentar esta
imagen como la de una persona disfrazada de otra, como la de alguien que se enmascara y parece ser lo que no es. No obstante, los términos en que su anuncio se produce desbordan los límites de esa explicación y resuenan en una dirección imprevista. La “aparición de una persona disfrazada de sí misma” dice, más acá de su intención, en un antes de esa intención que sus enunciados retienen y en el que aún se escucha su perplejidad, el acontecimiento inesperado de una imagen única. Menos la de una narradora interesada en “deformar” el pasado compartido, que la de una figura más indefinida, bastante más ambigua, y mucho más afín a la rareza de los personajes y las voces narrativas que habitan Viaje olvidado. Una imagen que, extendiendo la equivalencia entre sueño y relato, encontramos muy próxima a la del sujeto del sueño.

Así como, manteniendo su aspecto y sus señas particulares –diríamos, disfrazándose de sí mismo–, el protagonista de la intriga soñadora se aparta del durmiente e instaura, en el corazón mismo de su yo, la sospecha de un intervalo irreductible (Blanchot 1976: 128), del mismo modo, esta imagen que asoma en Viaje olvidado (Victoria la describe como una “aparición”, como algo que irrumpe y la sorprende) se distancia de esa narradora interesada en contar los recuerdos “a su manera” y, sin convertirse en otra, deja de ser ella misma. Lejos de confundirse con una máscara que, al tiempo que lo oculta, reduplica el rostro auténtico de Silvina (“Máscara de Ginger Rogers sobre el rostro de Ginger Rogers, como en “Al compás del amor” –explica Victoria [1937: 119] – segura de lo que quiere decir y cree haber dicho), lejos de eso, la imagen de alguien disfrazada de sí misma se nos presenta como la de quien guarda consigo misma una relación de semejanza. Es decir, la imagen de alguien que se parece a sí misma, (más aun, en la que esa relación de semejanza resulta subrayada por la idea del disfraz) y que, precisamente por ese parecido, muestra no ser idéntica. Una imagen que, haciendo aparecer la distancia insalvable entre  Orbis Tertius - 2006 – Nro. 12 5

Silvina y ella misma, siendo la aparición de esa distancia, acusa el fondo de apariencia sobre el que se funda toda identidad, el carácter de disfraz que reviste nuestro sí mismo.

Sin proponérselo, y sin siquiera advertirlo, la reseña de Victoria entredice lo que de ningún modo su pensamiento ha podido pensar. No, que los cuentos de Viaje olvidado reinventan los recuerdos de infancia de Silvina –esto es lo que Victoria impugna en forma explícita y a esto obedece sin dudas el fastidio que el libro le provoca. Aquello que la reseña pone de manifiesto sin saber es que quien habla en estos cuentos, quien relata en ellos el pasado, no es ni simplemente Silvina ni simplemente su máscara, sino esa distancia íntima entre ella y ella misma que esta imagen ilumina. Menos una presencia que una “aparición”: lo que aparece cuando su sí mismo exhibe súbitamente la consistencia definitiva de una  máscara hueca. Atraídos por esta distancia primordial en la que toda identidad declina (empezando por la del sujeto que escribe) y todo reconocimiento se torna imposible, los recuerdos vuelven a Viaje olvidado no como la representación fiel o deformada de lo vivido – entre estas dos alternativas se dirime para Victoria la relación con la infancia–, sino como la repetición en las imágenes de lo aún no acontecido en el pasado, como el retorno de un pasado que nunca ha sido presente y que encuentra en la repetición de esta diferencia su único modo de realización. La infancia de la que hablan estos cuentos difiere radicalmente de la vivida por Silvina, se construye en el espacio incesante de ese diferimiento, “tal y como [en ella] la ha tejido el olvido” (Benjamin 1980: 18).

La lectura de Victoria avanza imperceptiblemente por el camino irresuelto de la tensión entre el interés en imputar a los relatos de Viaje olvidado la distorsión del pasado familiar y la sospecha impensada pero entredicha de que esa distorsión es tan absoluta como inevitable (no podría ser de otro modo cuando lo que está juego es el retorno de lo todavía por pasar en el pasado). ¿No es posible acaso leer en su afirmación de que estos cuentos son “recuerdos enmascarados de sueños” el mismo doblez de sentido (la distinción inseparable de lo que se quiere decir y lo que se muestra en lo que dice) que encontramos más arriba? ¿Cómo no atender a que, además de transmitirse la idea que a Victoria le interesa, y en la que el sueño resulta básicamente una máscara que desfigura el pasado, en este enunciado resuena también el eco de un vínculo más definitivo entre recuerdo, sueño y relato? Que los cuentos de Viaje olvidado sean “recuerdos enmascarados de sueños”, recuerdos que parecen sueños, que aparecen como si fueran tales, dice algo más que esa semejanza formal entre sueño y relato o entre sueño y recuerdo que Victoria propuso en el comienzo, para explicar la relación que en ellos entablan lo real y lo irreal, lo vivido y lo imaginado. Aquello que, de un modo oblicuo, insiste en esta afirmación es la semejanza  Orbis Tertius - 2006 – Nro. 12 6

originaria que liga estas experiencias. Una semejanza fundada paradójicamente en la falta de origen que se abre cuando quien habla se ha olvidado de sí mismo y, en su lugar, asoma una máscara que se le parece.

Sin dudas es la intuición involuntaria y sorpresiva de esta semejanza –a la que el libro de Silvina alude con un nombre inmejorable (¿no es acaso este olvido de uno mismo lo que se invoca en Viaje olvidado?)– la que interfiere el comentario de Victoria en sus momentos más afortunados. Si su lectura no hubiese sido al menos rozada por esta intuición, sería difícil de explicar de dónde provienen la precisión y la claridad con que ella describe el clima de indeterminación en el que se desarrollan estos cuentos. De algún modo, de un modo que le concierne sin que pueda reconocerlo, Victoria vislumbra que en esa pérdida de sí mismos en la que se hunden muchos de los personajes y los narradores de Viaje olvidado retumba la falta de reconocimiento, la distancia entre ella y ella misma, que la escritura provoca en Silvina. Advierte también –aunque no sepa cómo ni por qué estas cuestiones se implicarían– que esa distancia en la que su hermana queda radicalmente comprometida, aquella en la que aparece como una máscara de sí misma, se relaciona (nosotros diríamos, decide) el salto a la ficción con que comienza su literatura. Lo que no puede tolerar en absoluto, lo que le resulta del todo inadmisible, y pone entonces en
evidencia el profundo horizonte de incomprensión sobre el que afloran los aciertos anteriores, es que este salto a la ficción en que se define (se inventa) la literatura de Silvina arrastre, sobre todo y en primer lugar, las convenciones de la lengua en la que está escribiendo.

La irritación que el estilo de Viaje olvidado le produce hace que, recuperando el estereotipado tono de hermana mayor con que inició su comentario, Victoria reprenda a Silvina por la “negligencia” y la “pereza” con que elabora algunas de sus frases y de sus imágenes. El problema no reside para ella, no al menos por completo, en que Silvina quiera “saca[rle] la lengua a la gramática” –su modernidad sabe que los más grandes escritores se han distinguido siempre por hacerlo–. El malestar deriva, fundamentalmente, de que ese propósito no haya sido antes previsto y calculado, de que la transgresión a la norma (lingüística y literaria, para Victoria se confunden) sea en Silvina consecuencia del desconocimiento y no de una premeditada voluntad intencional. Victoria está dispuesta a admitir los desvíos que se producen en el marco de un probado dominio del idioma, pero se niega a aceptar que se “renunci[e] a la destreza”, que se pierda el control sobre la lengua, sin antes haberlo demostrado. “En literatura –afirma– las “maladresses” no deben ser involuntarias. Es como para la gramática. Si se quiere sacarle la lengua, hay que mirarla  Orbis Tertius - 2006 – Nro. 12 7 antes cara a cara.” La impugnación exige que Silvina realice el esfuerzo necesario por conseguir lo que, para Victoria misma, ha sido un objetivo arduo de lograr: que el español, la lengua materna reservada a una oralidad práctica y cotidiana, se transforme en una lengua de escritura.

En ambos casos, como señala Sylvia Molloy (1996: 101), esta transformación pone en escena un conflicto similar entre el dominio insuficiente que ellas tienen del español escrito y la soltura con que escriben en las lenguas extranjeras (en francés, en el caso de Victoria, y en inglés, en el de Silvina). La cuestión es, para las dos, al menos en principio, la misma: cómo escribir en una lengua materna a la que aprendieron a considerar inadecuada para expresarse con naturalidad, a la que encuentran incómoda y poco familiar. Pero la respuesta que esta cuestión suscita en cada una es muy diferente. Si bien Victoria consigue un manejo fluido, terso y personal del español, la centralidad que el francés ejerce sobre su escritura nunca la abandona. Aunque después de su primer ensayo no vuelve a publicar en francés, gran parte de sus textos (entre ellos, como observa Molloy, el más importante: su autobiografía) siguen siendo redactados hasta el final en esa lengua y luego traducidos al español, por ella misma o por otros 2  > : En “Palabras francesas”, un ensayo capital para entender su relación no sólo con el francés sino también con el español, Victoria escribe “Es perfectamente exacto que todas las veces que quiero escribir, ‘unpack my heart with words’, escribo primero en francés. Pero no lo hago por una elección deliberada […]. 

. La escritura en lengua materna se confunde, en su caso, con el cuidado ejercicio de traducción y de reescritura que ella impone a sus textos. Una tarea minuciosa y exigente de la que su prosa obtiene una transparencia hábilmente elaborada y un tono conversacional característico, capaces de volver inadvertida la duplicidad.

La relación de Silvina con el español escrito está igualmente tensionada por el dominio que las lenguas extranjeras ejercen sobre su propia lengua3 , sin embargo, a diferencia de lo que le sucede a Victoria, esta tensión se transforma, adquiere otro sentido, cuando ella empieza a escribir sus relatos. No quiero decir con esto que las otras lenguas dejen de tener una incidencia importante sobre la suya y, mucho menos, que se suspenda la incomodidad que ella experimenta en el español. Ambas circunstancias son condiciones
decisivas de su estilo. Me refiero, más específicamente, a que, si se atiende al relato que
Silvina hace de cómo empezó a escribir en español –relato que, en su caso, se superpone,
significativamente, con el de cómo empezó a escribir ficción– resulta claro que el conflicto
entre la propia lengua y las lenguas adquiridas se transfigura en una suerte de cruce
inesperado e involuntario de las mismas, en el que su escritura encuentra una lengua
nueva.

Me siento despedazada entre los tres idiomas –dice Silvina–. Debe ser porque los he leído tanto, porque mis mayores lecturas eran en francés, en inglés, antes del español. Entonces vivo acomodando el español, porque al principio, gramaticalmente, mis frases no eran españolas sino francesas de pronto, de pronto inglesas, y sin que yo lo propusiera. Traté de luchar, pero siempre esa creación que uno va haciendo de un cuento interior, que primero está dentro de uno y después sale, toda esa elaboración podía ser comenzada en inglés o en francés, y de pronto se fundían dentro del español. Porque cuando uno está trabajando y pensando algo que uno va escribir, se pierde un poco la conciencia. Uno es una especie de sonámbulo que está caminando en la oscuridad, tratando de concentrarse lo más posible. Y la concentración consiste justamente, en no olvidar el mecanismo que uno va usando. Si uno se da cuenta de cómo trabaja las cosas, se paraliza. Uno tiene que perder la conciencia para tener mayor conciencia. Eso es lo que pienso (Ulla 1982: 14).

Al tiempo en que describe la primacía que el inglés y el francés ejercen sobre su español y los esfuerzos que esta situación le demanda, su relato cuenta también cómo el dominio de las lenguas extranjeras se desorienta repentinamente, durante la elaboración de sus cuentos, y da lugar a la mezcla espontánea de estas lenguas con la lengua materna. “…toda esa elaboración –dice Silvina– podía ser comenzada en inglés o en francés, y de pronto se fundían dentro del español.” El español se presenta, de hecho, como la única lengua en la que ella escribe literatura. Sin embargo, esto no ocurre porque él se haya convertido en un adentro familiar y confortable, en el que se neutralizan hasta desaparecer los estilos y las acentos extranjeros. Todo lo contrario. Son las fallas que estos estilos y estos acentos abren en su lengua, el modo en que ellos la atraviesan, provocando que el orden de sus oraciones se maree y el uso de sus preposiciones se confunda, las que  transforman el español siempre inestable de Silvina en una lengua de escritura. El encuentro inusitado entre las vacilaciones de su español y los tonos y las sintaxis ajenas inventa esa forma discordante, “atacada de tortícolis”, en la que su lengua se sustrae a las reglas de la gramática y se convierte, misteriosamente, en una “lengua de ficción” (Blanchot 1991a).

Las negligencias de estilo que Victoria advierte en Viaje olvidado, estas fallas que no
puede dejar de percibir como “defectos”, responden menos a la pereza y al descuido de quien aún no maneja plenamente la lengua en la que escribe, que a la atracción sonámbula a la que se abandona (a la que queda librada, habría que decir mejor) quien, sometida al sortilegio de las palabras, pierde conciencia de sí misma y dominio de la lengua en la que está escribiendo. En este punto de absoluta opacidad, la lengua, convertida para siempre en una lengua impropia, ve debilitado su poder de representación (ya no nos devuelve en la transparencia del nombre el sentido de las cosas) y recobra su condición imaginaria. Las palabras se transforman en imágenes y presentan (hacen ver, sin representarla) esa dimensión olvidada del mundo, “ese antes de que el mundo sea” (Blanchot 1991b: 52), en el que sueño y realidad, realidad e irrealidad, convergen. Es la infancia que vuelve a los cuentos de Viaje olvidado como la experiencia de la metamorfosis de la lengua en imagen, como el instante ilocalizable en el que la imposibilidad de escribir a partir de una lengua dada se torna la ocasión de que alguien disfrazada de sí misma, una conciencia sonámbula, escriba en una lengua por siempre extraña.

BIBLIOGRAFÍA
BENJAMIN, Walter (1980). “Una imagen de Proust”. Imaginación y sociedad. Iluminaciones
I, Madrid, Taurus.
BLANCHOT, Maurice (1976) [1971]. “Soñar, escribir”. La risa de los dioses, Madrid, Taurus.
BLANCHOT, Maurice (1991a) [1949]. “El lenguaje de la ficción”. Boletín del Grupo de
Estudios de Teoría Literaria, Universidad Nacional de Rosario. [Publicado originalmente
en La Part du Feu, París, Gallimard. Traducción de Sergio Cueto].
BLANCHOT, Maurice (1991b) [1981]. “La literatura y el derecho a la muerte”. De Kafka a
Kafka., México, Fondo de Cultura Económica.
BLANCHOT, Maurice (1992) [1955]. “Las dos versiones de lo imaginario”. El espacio
literario, Barcelona, Paidós.
GOLDCHLUK, Graciela (1996). “Silvina Ocampo. La inquietud de la palabra”. Cuadernos
Angers–La Plata, a. 1, nº 1. 
Orbis Tertius - 2006 – Nro. 12 10

MOLLOY, Sylvia (1996) [1991]. “El teatro de la lectura: cuerpo y libro en Victoria Ocampo”.
Acto de presencia, México, Fondo de Cultura Económica.
OCAMPO, Victoria (1931). “Palabras francesas”. Sur nº 1, Buenos Aires.
OCAMPO, Victoria (1937). “Viaje olvidado”. Sur nº 7, Buenos Aires.
PEZZONI, Enrique (1986). “Silvina Ocampo: orden fantástico, orden social”. El texto y sus
voces, Buenos Aires, Sudamericana.
SÁNCHEZ, Matilde (1991). Las reglas del secreto. Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica.
ULLA, Noemí (1982). Encuentros con Silvina Ocampo. Buenos Aires, Editorial de
Belgrano. 

Fragmentos de crítica literária.



con su tiempo, sabe interpretar (en el sentido de que lee y escribe sus lecturas críticas, pero también sus narraciones) el ideal de novelista que confluye no sólo a la centralidad de las morales dominantes , sino que también se ajusta a sus inflexiones diacrónicas. El capítulo sigue el modo singular en que Bianco interviene en la revista y
resuelve sus ficciones,

. El análisis de los textos muestra de qué manera las intervenciones de Bianco tienden a los debates de la revista, cuánto inciden como líneas de fuerzas las distintas morales en pugna en la resolución de los textos de este escritor. Un camino inverso sigue la narrativa de Silvina Ocampo:

desdeViaje olvidado y la “reseña-reprimenda” de Victoria Ocampo, hastaAutobiografía de Irene, el libro analiza los movimientos de atracción y abandono respecto de las preceptivas estéticas que configuraSur. Pero a diferencia del escritorwell timed, Silvina Ocampo encuentra su mayor potencia de invención, la singularidad de su escritura que staba en el inicio de la búsqueda, cuando es capaz de transfigurar y extremar esas fuerzas de modo de forzar sus límites en el agotamiento. Uno de los apartados del capítulo llama la atención sobre la vozrarísima deViaje olvidado.

. Con voces rarísimas, cada vez nuevas, inventa un mundo “único, lleno de carpetas de macramé y medallas de la Virgen de
Luján, en el que una inocencia soberana –la que sobreviene a estas voces cada vez que, desposeídas de sí misma, hablan sin nada que ocultar– despliega, con una exaltación gozosa,
un repertorio de acontecimientos triviales y gozosos a la vez”. Qué ganas de leer toda esa narrativa, ahora, qué manera de construir una lectura interpretativa que a su vez dé cuenta
con precisión y sutileza de los modos en que esa narrativa sepliegasobre o sedespegade una moral compartida de la escritura. Y qué manera de resolverlo con hospitalidad.

Cerramos el paréntesis: la revisión ajustada de las intervenciones demuestra
que la perspectiva que mejor expresaba lo que se hubiera denominado en trazos gruesos como un “consenso grupal” de la revista tiende a la confluenciaentre valores humanistas y compromiso con la forma. Esto emerge con claridad de los equívocos del desagravio a Borges, pero principalmente de la revisión del debate de “Moral y literatura” que propone la revista en 1945. Y esta confluencia no necesariamente encuentra su centro gravitacional en Borges ni tampoco en Mallea: más bien es la narrativa de Bianco la que tiende hacia allí.


La construcción de esta cartografía en la que se ven curvas dinámicas e inflexiones sutiles es una elaboración brillante que diluye cualquier posibilidad, basada en prejuicios sobre la revista, de consensos monolíticos y posiciones necesariamente congruentes punto por punto en relación con la narrativa. La perspectiva de la revista respecto de una “moral de la literatura” debe leerse como un mapa de múltiples grises que condensan sus líneas en torno de un núcleo conceptual colectivamente construido: gráficamente se puede pensar como un diagrama de curvas que se vuelve denso hacia determinado punto. La analogía entre saberes heteorogéneos no es gratuita.

domingo, 1 de janeiro de 2017

Mi cuerpo, ese papel, ese fuego



Michel Foucault

En Historia de la locura en la época clásica II, México, F.C.E, 1998, pp. 340-372. Edición digital de Derrida en Castellano.

En las páginas 75 a 79 (t. I) he dicho que el sueño y la locura no tenían el mismo estatuto ni el mismo papel en el desarrollo de la duda cartesiana: el sueño permite dudar del lugar en que estoy, del papel que veo, de la mano que tiendo; pero la locura no es un instrumento ni una etapa de la duda; pues “yo, que pienso, no puedo estar loco”. Exclusión, por tanto, de la locura, cuya tradición escéptica hacía de ella, por el contrarío, una de las razones de dudar.

Para resumir la objeción que a esta tesis presenta Derrida, lo mejor, sin duda, es citar el pasaje en que ofrece, dé la manera más vigorosa, su lectura de Descartes.

“Descartes acaba de decir que todos los conocimientos de origen sensible pueden engañarlo. Simula encontrarse ante la objeción asombrada del no-filósofo imaginario, al que aterra semejante audacia, y que le dice: no, no todos los conocimientos sensibles, sin los cuales estarías loco, y sería irrazonable guiarse por los locos, proponernos un discurso de loco. Descartes hace eco dé esta objeción: puesto que estoy aquí, puesto que escribo, puesto que me entendéis, no estoy loco, ni lo estáis vosotros, y nos encontramos entre gentes sensatas. El ejemplo de la locura no es, por tanto, revelador de la fragilidad de la idea sensible. Sea. Descartes conviene con ese punto de vista natural, o, antes bien, simula reposar en esa comodidad natural para mejor arrancarse de allí, más radical y más definitivamente, e inquietar a su interlocutor. Sea, dice, creéis que estaría loco si dudara de que estoy sentado cerca del fuego, etc., que sería extravagante si me guiara por el ejemplo de los locos. Os voy a proponer, por tanto, una hipótesis que os parecerá mucho más natural, que no estará fuera de vuestro alcance, puesto que se trata de una experiencia más común, y también más universal que las de la locura: y es la del sueño y del dormir. Descartes desarrolla entonces esta hipótesis que arruinará todos los fundamentos sensibles del conocimiento y sólo dejará al desnudo los fundamentos intelectuales de la certidumbre. Sobre todo, esta hipótesis no evadirá la posibilidad de extravagancias —epistemológicas— mucho más graves que las de la locura.

(.)

DERRIDA: “El sueño es una experiencia más común, y también más universal que la locura.” “El loco no se equivoca siempre y en todo.” “La locura no afecta de manera contingente y parcial más que ciertas regiones de la percepción sensible.”

Ahora bien, Descartes no dice que el sueño es “más común y también más universal que la locura”. Tampoco dice que los locos sólo están locos de tiempo en tiempo y respecto a puntos particulares. Antes bien escuchémosle evocar a las gentes que “constantemente aseguran que son reyes”. Esos hombres que se toman por reyes, o que creen tener un cuerpo de vidrio, ¿tendrían una locura más intermitente que el sueño?

Sin embargo, es un hecho: Descartes, en el camino de la duda, da un privilegio al sueño sobre la locura. Dejemos indeciso por el momento el problema de saber si la locura está excluida, tan sólo olvidada, o retomada en una experiencia mayor o más radical.

Acaba apenas de citar, para abandonarlo, el ejemplo de la locura, cuando Descartes evoca el caso de los sueños: “Sin embargo, debo considerar, aquí, que yo soy hombre, y que por consecuente tengo la costumbre de dormir, y de representarme en mis sueños las mismas cosas, o a veces, más inverosímiles que las de los insensatos mientras están en la vigilia.”

Doble ventaja, por tanto, del sueño. Por una parte, es capaz de dar lugar a extravagancias que igualan o a veces superan la locura. Por otra parte, tiene la propiedad de producirse de manera habitual.
La extravagancia del sueño fija su carácter demostrativo como ejemplo: su frecuencia asegura su carácter accesible como ejercicio y es, precisamente, ese carácter accesible el que preocupa, así a Descartes, mucho más, seguramente, que su carácter demostrativo, señalado de una vez por todas, y como para asegurarse de que la hipótesis de la locura puede abandonarse sin remordimiento. Por el contrario, varias veces aparece el tema de que el sueño se produce muy a menudo. Leamos: “Soy hombre, en consecuencia, tengo la costumbre de dormir”; “cuántas veces me ha ocurrido soñar durante la noche...

(.)

Pero, ¿por qué es tan importante que el sueño sea familiar y accesible?

Luego, el discurso sigue así: resolución, en el sujeto meditante, de tomar en consideración el hecho de que es un hombre, que le ocurre dormir y soñar; aparición de un recuerdo o, antes bien, de una multitud de recuerdos de sueños que coinciden exactamente, rasgo tras rasgo, con la percepción de hoy (estar sentado en este lugar, vestido, cerca del fuego); sentimiento, empero, de que hay entre esta percepción y ese recuerdo una diferencia, diferencia que no sólo es verificada sino efectuada por el sujeto en el movimiento mismo de su meditación (yo contemplo ese papel; muevo la cabeza, extiendo la mano para que surja con vivacidad la diferencia entre la vigilia y el sueño); o unos nuevos recuerdos, a un segundo nivel (la vivacidad de esta impresión a menudo ha formado parte de mis sueños); con esos recuerdos, el vivo sentimiento de que estoy en vela se borra, es remplazado por la clara visión de que no hay indicio cierto que pueda separar al sueño de la vigilia; verificación que produce en el sujeto meditante un asombro tal que la indiferencia entre vigilia y sueño provoca la casi certidumbre de que se está dormido.

Y es allí donde el ejemplo del sueño manifiesta otro de sus privilegios; por mucho que en ese punto modifique al sujeto meditante, no le impide, en el corazón mismo de ese stupor, continuar meditando, meditando válidamente, viendo con claridad cierto número de cosas o de principios, pese a la indistinción, por profunda que ésta sea, entre vigilia y sueño...

(...

"NEM SÓ DE PÃO VIVE O HOMEM"


Esta talvez seja a primeira grande mensagem, dada pelo maior dos mestres, que os materialistas e modernistas precisem aprender sobre a Vida: o pão não eh e nunca foi Um cimento solido para construir a arte do viver.

Jesus compartilhou generosamente o pão da Vida, por ser o Mestre do Amor, mas ainda assim o fez sobretudo entre os seus. Porque os mestres não padecem destas ilusões chamadas de "humanismo" e "liberalismo". Eles podem até oferecer certos créditos para a humanidade, mas eles não são tolos para ficar alimentando eternamente fantasmas e cadáveres. Ate porque a Lei do Carma não pode ser desrespeitada: cada um colhe aquilo que semeia.

Os mestres sabem o que eh a Vida, quem são os vivos e quem deseja realmente viver, para além das ilusões do tempo que a tudo leva.

A liberdade tem o seu preço, sempre, e eh um aprendizado onde alguns podem ganhar e outros perder. A liberdade sem consciência eh a própria porta do Inferno - e eh exatamente para la que estamos caminhando todos, sob a cegueira e a arrogância humanista...

Parece isto muito rigor? Ora, a vida também tem esta faceta, com toda a certeza. A vida prova os candidatos para a vida real e maior. O resto é ilusão e falsidade, sentimentalismo e indulgencia.

Que os vivos se unam, pois, para comungar da vida plena, porque a comunhão já eh um dos sagrados baluartes, e ainda assim subordinado Ao maior de todos que eh o Espirito -fonte, Verdade e destino supremo de tudo.

Luis Augusto Weber Salvi
Ontem às 10:48